Por la Licda. Catherine Fernández, Santo Domingo, DN.-Ser padres es una tarea titánica. Sin embargo, también es, sin lugar a dudas, una de las misiones más hermosas y trascendentales que Dios nos ha confiado. Cada padre y cada madre ejerce su rol conforme a sus circunstancias, posibilidades y realidades, pero en la inmensa mayoría de los casos, sus decisiones están guiadas por un solo propósito: el bienestar de sus hijos. Incluso cuando alguna decisión resulta equivocada o insuficiente, rara vez existe la intención de causarles daño.
Por ello, resulta profundamente doloroso escuchar a comentaristas y voces de la opinión pública afirmar, con ligereza, que “hay padres que no deberían tener hijos”. Este tipo de afirmaciones no solo carece de empatía, sino que revictimiza a madres y padres que jamás imaginaron verse envueltos en una tragedia tan devastadora. Nadie está exento. Aun tomando todas las precauciones posibles, a cualquiera le puede ocurrir. Quizás lo más humano y prudente sería decir: Dios nos libre.
Hago este énfasis porque, a lo largo de mi carrera profesional como jurista, he tenido la oportunidad de conocer y asumir, en su mayoría a manera pro bono o ayuda sin esperar ningun tipo de retribución, algunos de los casos más dolorosos y complejos que existen: violaciones, abusos a menores y agresiones contra mujeres. Lo hago así porque conozco esta realidad de cerca, y porque entiendo que, en este tipo de procesos, el acompañamiento humano y ético es tan importante como la defensa jurídica.
En ese recorrido profesional he acompañado situaciones ocurridas incluso en hogares con estructuras familiares estables, donde la madre se encontraba al cuidado directo de sus hijos y el padre cumplía con el rol de proveedor del sustento familiar, y aun así se produjeron abusos indescriptibles. Estas experiencias me han dejado una certeza inquebrantable: no podemos permitirnos juzgar con ligereza, ni simplificar realidades que son profundamente complejas y dolorosamente humanas.
No existen palabras para describir el dolor de quien pierde un hijo, y mucho menos cuando esa pérdida ocurre en circunstancias tan atroces. Tampoco existen palabras para el sufrimiento de un padre o una madre que ve a su hijo atravesar un trauma de esta magnitud. Pretender explicar ese dolor desde el juicio externo no solo es injusto, sino que se convierte en una forma de violencia.
Como sociedad, tenemos la obligación de revisarnos. Y esa responsabilidad es aún mayor para quienes ejercen influencia desde la opinión pública. La prudencia, la empatía y el respeto no son concesiones: son deberes. Emitir juicios apresurados, construir culpas desde la especulación o convertir el dolor ajeno en espectáculo solo profundiza heridas que ya son irreparables.
Vivimos tiempos en los que a una persona se le reduce a un solo hecho, a un instante, a una versión incompleta de su historia. La sociedad juzga con rapidez, muchas veces aun cuando las decisiones se toman desde la ingenuidad o desde el desconocimiento, y convierte el dolor ajeno en espectáculo. Se hace leña del árbol caído, se señala desde la comodidad de no estar en el lugar del otro, olvidando que nadie es la suma de su peor momento ni de una tragedia que jamás eligió vivir.
Hablar con responsabilidad también es una forma de justicia. En momentos como estos, callar el juicio, escuchar con humanidad y acompañar desde el respeto es, quizás, el acto más digno que podemos ofrecer.

Catherine Fernnádez es abogada en ejercicio, Hija. Esposa. Madre. Hermana. Tía. Amiga. Fe. Amor. Presencia.