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La enfermedad de la Habana

Diario Digital Dominicano, por Laidi Fernández de Juan, 2 de junio, 2018, La Habana.-La Habana luce enferma. Sucia, pestilente, atestada de residuos. Parece mentira que sea una ciudad maravilla.

Salgo a recorrerla, y una inmensa pena sustituye la contemplación de sus edificaciones más sagradas, esas que solíamos mostrar a los demás como ejemplo de nuestro eclecticismo arquitectónico.

En lugar de señalar “Mira qué belleza de art decó”, “Fíjate en esas rejas decimonónicas”, “Aquellas lanzas que miran al cielo se llaman guardavecinos”, “No hay portales en el mundo comparables a estos”, vamos esquivando lomas de escombros, evitamos caminar por debajo de balcones cuya estática milagrosa es una amenaza inminente, y, lo peor: Debemos cubrirnos la nariz y la boca, porque las moscas pululan, y un hedor insoportable nos espera en muchas cuadras.

Como muestra de una indolencia que raya con la desfachatez, encuentro letreros de “No arrojar basura. PNR” apenas visibles, justamente porque han sido sepultados por latas vacías, por restos de inodoros, por macetas a la mitad, cartones mojados, colchones sin muelles y por otros detritus.

Los latones, apenas cubiertos con sus tapas originales, y desbordados, adornan esquinas o el centro de la calle: una decoración macabra.

El Vedado, tan señorial, arbolado y magnífico, forma parte del estropicio. Sus aceras, resquebrajadas, con huecos en los cuales podría sumergirse Moby Dick, agravan el paseo, lo convierten en peligroso, además del desagrado que ya implica comprobar cuán poco le importamos a nadie. O, para ser más exacta, qué poco nos cuidamos, qué tan ínfimo es nuestro amor propio.

Deyecciones caninas obligan a sortear constantemente montículos repugnantes, con lo cual, si se cuentan los baches, las raíces, la basura, y las quebraduras del cemento callejero, en lugar de salir a caminar para alejar tensiones cotidianas, nos vamos cargando de nuevos malestares. Lejos de motivarnos, nos deprime recorrer el vecindario.

No son las recomendadas endorfinas quienes nos inundan, sino olores, escollos y sonidos muy desagradables.

Porque no es soslayable el espantoso ruido que nos golpea, a tono con la peste a animal muerto, y la visión de una ciudad bombardeada.

En La Habana, no hay zapato que resista las agresiones viales, ni esqueleto que soporte caminar en zigzag, ni celdas olfatorias que no se lastimen, ni oídos que aguanten decibeles reguetoneros, ni retinas que impidan el dolor que causa la imagen de lo que entra por la pupila.

El corazón, al final, se encoge. Porque no nos queremos. Porque a nadie parece dolerle tanta injusticia, y porque siempre creemos que la culpa no es nuestra.

Y si bien es cierto que nada podemos hacer en asuntos de construcciones, hormigones, arena, cemento y ladrillo, también es verdad que somos responsables del asco, del reguero, del fecalismo a la intemperie, y de ese “que lo haga otro” tras el cual solemos escudarnos.

Mal que nos pese, lo único que parece cuidado es aquel espacio donde algún negocio particular planta su letrero. Algunos de dudoso gusto, y otros de loable factura, sobrecargados de luces, o sobriamente decorados, el trecho de cuadra que da paso a la creación de un cuentapropista, está limpio y sembrado de flores.

Como un oasis citadino, esos escasos metros cuadrados nos recuerdan que estamos en una ciudad y no en un campo de batalla. Y es entonces cuando nos preguntamos ¿Será esta la única posibilidad de rescatar nuestra magnificencia de antaño?

¿Es así como protegeremos el patrimonio de una maravilla? ¿O sucumbiremos a la pesadumbre, el desgano y la apatía?

Hoy por hoy, La Habana es casi una pesadilla de la cual tenemos el deber cívico de despertar de una buena vez. Porque esta es nuestra cuna, nuestra casa, nuestra losa. Hay que despertar para amar a La Habana, antes de que arribe a sus quinientos años tan enferma, tan de la mano de este olvido imperdonable.

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