Por el Dr. Leonardo Andujar Zaiter, Santo Domingo DN.-El pecado es una desagradable realidad que necesita abundancia de verdad.
Esa verdad aparecida en la conciencia del hombre, es capaz de enfrentar aptitudes y actitudes incorrectas.
La respuesta del hombre al pecado, sucederá dependiendo el nivel de pobreza interior.
El pecado es consecuencia del libre albedrío asumido por el hombre, haciéndolo responsable de sus actuaciones.
El hombre al sostener conflicto interior, empieza a sentir rebeldía, entonces, pierde la tranquilidad y lastima el equilibrio de la estabilidad espiritual y personal.
La mala relación consigo mismo, arruina a tal punto, que termina siendo víctima de su derrota.
La peor cárcel existente para sufrir las consecuencias de la desobediencia incurrida, está en la conciencia humana.
El indulto a la pena, nunca llegará a producirse, pues, el fuerte estado emocional, disminuirá toda posibilidad a vivir en libertad interior.
El pecado es la más grande miseria a evitar, si buscamos colocarnos ajenos al sufrimiento.
Escoger entre el bien y el mal, para muchos es verse empujados preferiblemente, caer en lo malicioso.
El umbral del dolor ocasionado por el pecado, señala la magnitud del pensamiento y la conducta desenfrenada ante sí mismo.
Nada en la vida, justifica incidir en el pecado y transgredir la sanidad personal y de la comunidad.
El hombre se abstiene de pecar, cuando adquiere conciencia espiritual y coloca a Dios, delante de todo pensamiento y acto de vida.
Dios ilumina y protege de las malas intenciones al prepararnos de mente, corazón y acciones, de acuerdo a la sabiduría enseñada, a través, de la invitación hecha a todos de poder alcanzar la santidad.
Como dice la Palabra, “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” Juan 8:32.
El mejor testimonio del pecador, es anunciar fidelidad a la Palabra y así construirá la verdad necesitada.