Por el Dr. Leonardo Andujar Zaiter, Santo Domingo DN.-El rostro del hipócrita nunca brilla.
Los ojos no irradian miradas confiables.
Sus palabras delatan.
Las acciones traicionan.
El interior esconde sinceridad.
El hipócrita no gana la confianza de los demás.
Nada se consigue en provecho de la vida.
El hipócrita crea tantas mentiras y son utilizadas de refugio.
Es una persona que irrespeta el valor de la verdad.
La inspiración a vivir, nunca pretenderá mantener la experiencia de sanidad.
Los años pasan ahogados en falsas apariencias.
Los sentimientos difícilmente llegarán a considerarse bien ponderados.
Alcanzará el mayor de los rechazos por actitudes deshonestas.
El hipócrita crea un manto de disimulo e impide desvelar, el ser real que es.
Las simuladas apariencias, alejarán de los deseos anhelados por Dios a hombres de acciones honestas.
Quien ejerce la hipocresía, desdobla la personalidad en perjuicio del equilibrio emocional, psicológico, conductual, social y espiritual.
El hipócrita jamás conquistará crecimiento espiritual, en vista al desorden interior arrastrado que contradice, con el contacto consigo mismo.
Solo tomando la decisión firme de renunciar a esa manera deshonesta de actuar frente a la vida, podrá vencer las constantes guerras creadas en detrimento de su interior.
Dios condena al hipócrita, aunque también, llama arrepentirse.
La hipocresía obstaculiza trascender a la espiritualidad, pues, los pensamientos, sentimientos y acciones, distan de lo necesario, conforme a la conciencia espiritual.
¿Llegas a reconocer el sentir, pensar y actuar del hipócrita?