Por Johnny Arrendel, Santo Domingo.-Entre 1994 y 1996, un diputado sin perfil electoral trabajaba denodadamente en la sombra por el triunfo de un joven carismático.
Danilo Medina dejaba la presidencia de la Cámara de Diputados en un acto de desprendimiento estratégico que definiría el futuro del PLD.
Leonel Fernández, el gran estratega de su propia campaña, sellaba el Pacto Patriótico con Balaguer y asumía la presidencia de la República.
Como premio a la entrega, Leonel designa a Danilo en el Ministerio de la Presidencia, entregándole las llaves del motor del Estado.
Mientras Leonel ejecutaba una vistosa labor de modernización, Danilo se convertía en el armador más poderoso y silencioso del gobierno.
Con el cobijo del líder, colocaba sus cuadros en puestos clave; para nombramientos, movimientos o conflictos, todo el mundo debía contar con él.
Jaime David Fernández Mirabal emergía como el vice y la segunda figura electoralmente atractiva, contaba con el apoyo de más de la mitad del partido.
Sin reelección permitida, Danilo activó la maquinaria junto a un Luis Inchausti al que luego abandonó, desgastó las estructuras de Jaime David.
Pese a ser mejor candidato, Jaime David perdió sospechosamente las primarias, abriendo paso a un candidato Medina difícil de vender al público.
Bajo la consigna de «Los pobres no son mala paga», Danilo cosechó una dura derrota en el año 2000, dejando al PLD con apenas un 24.9%.
Tras el desastroso gobierno de Hipólito Mejía, un Jaime David claudicante volvió a aspirar, pero Leonel barrió en las primarias y recuperó el poder.
Para 2008 el resentimiento maduró; Danilo compitió contra Leonel y, tras perder, pronunció la famosa frase de que «le venció el Estado».
Aunque Medina había renunciado para aspirar, dejó a su gente dentro del gobierno; figuras como Mariotti, Guerrero y Amarante atacaban desde dentro.
Leonel se vio obligado a destituir a algunos por indisciplina, pero nunca intentó aniquilar políticamente a Danilo, pudiendo hacerlo con Margarita.
En 2012, Danilo pulió su marketing, pero Hipólito le llevaba 22 puntos de ventaja a menos de año y medio de las elecciones presidenciales.
Leonel metió el brazo del Estado e Hipólito «metió la pata» en campaña; Danilo repuntó y ganó la ansiada presidencia de la República.
La primera acción de su gobierno fue acusar a Leonel de un déficit fiscal, omitiendo que el país siempre funciona así en años electorales.
Luego vino la falsa narrativa de la Barrick Gold y la construcción de un Danilo supuestamente cercano, frente a un Leonel tildado de distante.
La realidad era otra: Danilo entraba por puertas ocultas a las actividades y las bases no lo veían, al contrario del baño de masas de Fernández.
En 2015 impuso una reforma constitucional comprada a base de papeletas, logra reelegirse en 2016 con el aparato estatal a su favor.
No conforme, intentó violar su propia reforma para un tercer mandato y, al no lograrlo, buscó aniquilar políticamente a Leonel Fernández.
Se burló de los precandidatos históricos del PLD (Temo, Reinaldo, Francisco Javier, Amarante) saca de la manga a su títere, Gonzalo Castillo.
Forzó la división del partido lleno de soberbia, justifica la ruptura bajo el ególatra argumento de «yo goberné mejor que él».
La historia no olvida que en 2016 el capo Quirino entró por el salón VIP para acusar a Leonel, en claro contubernio con el Palacio Nacional.
Hoy, convertido en una retranca democrática, Danilo no permite que nadie con futuro le haga sombra en el PLD, bloquea a Abel o Juan Ariel.
Danilo opera con el manual de Maquiavelo al controlar los hilos invisibles y las estructuras del poder real por encima del carisma popular.
Muestra destellos del camaleónico Fouché en su capacidad para resistir en la sombra, replegarse tras la derrota y ejecutar frías venganzas.
Danilo aplica la máxima de Azorín: escucha todas las quejas, pero al final no cambies absolutamente nada.