Por el Dr. Leonardo Andujar Zaiter, Santo Domingo, D.N.-La vida terrenal llega a consumirse en un abrir y cerrar de ojos.
Transcurre con la fuerza del torbellino.
Presenta mayor rapidez que la corriente de cualquier río caudaloso.
Se asemeja a un vuelo relámpago.
Pasa a velocidad de la sangre por las venas.
Parecida al fluir eléctrico.
Como vemos, al hombre la vida resulta corta.
La vida es mucho más que el cuerpo.
El alma constituye parte fundamental de la esencia del hombre.
El hombre viene de Dios y regresa a Dios en condición de vida eterna.
Todo lo proveniente de Dios, es misterio y la vida eterna, no resulta la excepción.
Enfocarse en el sentir consciente, experimentamos la vida a medias.
Creemos que el dolor y el sufrimiento, recuerdan que estamos acá.
Cuando nos aferramos al cuerpo, entendemos la materia como elemento fundamental a la hora de distinguir la realidad.
Concentrarnos en la materia, genera soledad filosófica (vacío existencial).
El cuerpo que no asume el alma, deambula sin la razón clara de por qué vive.
Se desconoce que somos interiormente y se hace difícil saber de Dios.
Quienes viven la vida de dolor en dolor y sufrimiento en sufrimiento, es que han hecho del cuerpo, el gran apego.
El apego ataca y cada vez produce mayor desasosiego hasta llevar a la infelicidad.
Lo valioso del hombre descansa en el alma.
El alma es el camino directo que conduce y mantiene comunicación efectiva con Dios.
La vida concentrada en el valor que tenemos, entonces, el dolor y el sufrimiento, no podrán impedir la verdadera felicidad.
La vida terrenal es consecuencia de la luz de Dios.
Concentrarnos en el cuerpo, la vida siempre parecerá corta y dificultará conocernos a nosotros mismos.