Diario Digital Dominicano, por José Mármol, 19 de agosto 2020, Santo Domingo DN.-Una novela no es corta solo por su escaso número de páginas, sino más bien, por la intensidad en el ritmo del relato, por la rápida definición arquitectónica de su atmósfera, bajo un tempo narrativo sin demasiada holgura y una caracterización con personajes de rasgos descriptivos y alientos sicológicos o lingüísticos muy precisos.

Quisiera detenerme en una novela corta cuya lectura me atrapó, aun fuere en el contexto de la nostalgia y la memoria, hizo sentirme parte de la pandilla de adolescentes que la protagonizan y del presunto diálogo central, de profundas y hermosas evocaciones poéticas, entre el narrador omnisciente y su padre.

Rumor de río

“Rumor de río” (Mar de Tinta, Santo Domingo, 2016) es un himno a la nostalgia, a la inocencia y un apuntalamiento al dolor de heridas históricas todavía abiertas, opera prima novelística de Luis Martín Gómez, destacado periodista y escritor, quien ya había publicado varios volúmenes de cuentos, entre los que figuran “Dialecto”, con el que obtuvo el Premio Nacional de Cuento en 1999, “Vellonera de sueños” (2002), “La destrucción de la muralla china” (2003) y “Memoria de la sangre” (2008), además de relatos infantiles como “Mamá a aquella caracola le está naciendo un mar”, con el cual logró en 2004 el Premio nacional de Literatura Infantil.

Aunque desde el punto de vista de la orquestación de la trama, el centro focal de la novela se sitúa en la aventura de un grupo de adolescentes del barrio capitalino Ensanche Ozama, ubicado en la margen oriental del río, que se dan a la tarea ilusoria de encontrar unas armas enterradas en un solar durante la Guerra de Abril de 1965, lo que desemboca en el acontecimiento sociopolítico y militar de Los Palmeros, en 1972, durante los llamados Doce años de Joaquín Balaguer, y las consecuencias de la guerrilla de 1973, hechos que, junto a las vivencias cotidianas, se reconstruyen en el plano de la ficción con un acierto ambientalque se aproxima al lenguaje de un guion cinematográfico, en mi experiencia como lector el rol protagónico se lo queda el río Ozama, como telón de fondo existencial de aquel intento de diálogo, o tal vez monólogo, templado por el hilo imaginario de Ariadna, que un hijo ansía sostener con su padre afectado por el mal de Alzheimer.

El rumor de ese río, espina dorsal de nuestra historia, que solo podía percibirse en una ciudad menos ruidosa y trepidante, más ajena al desarrollo industrial y a la movilidad propios de la modernización, constituye la metáfora central y de mayor fuerza poética del lenguaje narrativo que articula la historia. Mientras va tejiendo situaciones, personajes, accidentes, precariedades, el autor, consciente del oficio, experimenta con el lenguaje, subvirtiendo la gramática, al liberarla ocasionalmente de signos de puntuación.