Por Johnny Arrendel, Santo Domingo.-.-En este país se puede matar y “arreglar el mundo”.
Alfredo Simón: un muerto y un herido en Año Nuevo. Absuelto.
Oneil Cruz: tres muertos en una moto, madrugada, pandemia, alcohol en el expediente. Fianza. Carrera intacta.
César Cedeño: una mujer muerta en un motel.
Multa de cien pesos.
Volvió al diamante como si nada.
Matos Berrido: mató a su esposa.
Poco más de un año preso. Después presidió la LIDOM y fue árbitro electoral del país.
Hay techos que se caen con cientos de muertos y los Espaillat siguen al frente de emisoras, canales y el espectro que es del Estado.
Eso no es rumor. Es historial.
Ahora el mismo país se rasga las vestiduras con Wander Franco.
Qué quede claro, sin medias tintas: abuso a una menor no se justifica.
Una niña de 14 no tiene albedrío adulto. Punto.
Quien lo haga es culpable, tenga o no perdón judicial, bate o no batee 300.
Pero no nos hagamos los ciegos: aquí la justicia no pesa el daño.
Pesa el apellido, el momento, el abogado y a quién se le murió.
Blas Peralta, el transportista, también quiso armar el muñeco.
Persecución, disparos, un muerto.
El muerto era Mateo Aquino Febrillet, exrector de la UASD.
Ahí no hubo arreglo de salón.
Treinta años.
Misma isla.
Misma ley.
Distinto cadáver.
Distinto resultado.
LIDOM excluye a Franco y durante décadas tuvo de presidente emblemático a un hombre que mató a su mujer.
Eso no es “proteger menores”.
Eso es selectividad.
La menor merece justicia.
Los muertos de choque, de motel, de techo y de persecución también.
Lo amargo no es que Franco sea santo.
No lo es.
Lo amargo es que este país solo se pone moralista cuando el acusado es famoso, joven y ya no le sirve al show.
El resto arma el muñeco… o se lo arman. Según quién cayó