El presidente Luis Abinader y la elección del Defensor del Pueblo

Diario Digital Dominicano, por Namphi Rodriguez, Santo Domingo, DN, Republica Dominicana.-No es aconsejable que partidarios de un presidente democrático encabecen entes como el Tribunal Constitucional, la Suprema Corte de Justicia o la Defensoría del Pueblo.

Hay una diferencia tangencial entre Luis Abinader y Danilo Medina. El presidente Abinader es un político empático, alguien que construye su liderazgo sobre el consenso y que sabe que en democracia el poder se reparte. Danilo fue un gobernante que habitó en las catatumbas y que mantuvo a sangre y fuego su poder y el de su clan.

Para Danilo, la Presidencia fue una invitación irresistible a emular un maquiavelismo de la sombra que le llevó a ser un cíclope que lo controló todo y que aplastó a quienes no comulgaron con sus ideas.

Su precaria comprensión de la historia le hizo tributario de aquella frase de que “el poder es para usarlo”.

Así se metió en la aventura del poder absoluto, orillando los pactos de alternancia en el Congreso, asaltando al PLD y llevando a la Suprema Corte de Justicia jueces con togas brocadas por el partidismo.

No creo que Luis Abinader vaya hacer semejante lectura del Maquiavelo de El Príncipe y los Discursos de Tito Livio. Ello le llevaría a la triste experiencia del poder personal que, sin duda, le apartaría de la oportunidad de hacer un gobierno que consolide la democracia.

El tema viene a cuenta en ocasión de que la próxima semana el Senado tendrá que hacer la designación del Defensor del Pueblo.

Sectores que pululan alrededor del presidente, pero que responden a sus propios intereses, le ofrecen una manzana envenenada para que el mandatario apoye acuerdos de aposentos con el PLD, a fin de que el PRM se quede con el titular de la Defensoría del Pueblo.

Aceptar pacíficamente eso significaría que vivimos en el mismo país cándido e ingrávido que creyó en promesas banas preconizadas por un Danilo Medina que terminó siendo un Leviatán, esa bestia bíblica que creó Thomas Hobbes para explicar el poder absoluto que se atraganta engullendo los más recónditos espacios de la libertad individual.

Fidel Santana no pertenece a la fauna de los “políticos ineptos” de que habló el filósofo y escritor francés Jean D´Ormesson. Es un dirigente fondeado. Sabe que debe darle la oportunidad al presidente de ejercer su liderazgo empático y construir consensos con la oposición.

Por su naturaleza como órganos constitucionales autónomos, y por respeto a los límites que impone el principio de separación de poderes, los sectores que le aúpan deberían saber que no es aconsejable que partidarios de un presidente democrático encabecen entes como el Tribunal Constitucional, la Suprema Corte de Justicia o la Defensoría del Pueblo.

La concentración excesiva del poder sólo lleva a la deriva autoritaria en que fatídicamente han caído gobernantes con orígenes democráticos como Daniel Ortega, Nicolás Maduro y Evo Morales.

Empero, el temperamento del presidente Abinader apunta a otra estirpe de liderazgo; por eso la clase política confía en él y sabe que asumirá con serenidad las angustias que se arremolinan en su despacho al momento de emitir su opinión sobre quién debe ser el Defensor del Pueblo